Procesos educativos como procesos participativos

La práctica nos demuestra cada día que el principal instrumento para el cambio es la gente. Somos nosotros los que cambiamos y, al así hacer, conseguimos cambiar las cosas. A ese cambio nosotros lo llamamos educativo y, por tanto, para que las cosas cambien, debemos educarnos: colectivamente; porque estamos hablando del cambio de la gente.

La educación (el cambio) es en valores, en actitudes, en formas de relacionarse (tanto en la cooperación como en el conflicto) y sólo es posible desde la práctica: es la práctica cotidiana la que, nos guste o no, nos educa. Es por aquí por donde se empieza a construir lo nuevo, por donde se transforma lo colectivo. No se empieza la casa por el tejado.

Entender los procesos participativos como procesos educativos es para nosotros de una gran trascendencia, pues nos obliga a fijar la atención en aspectos del proceso que muchas veces no son tenidos en cuenta. Nos referimos a los aspectos más cotidianos. Por ejemplo se requiere un aprendizaje para trabajar colectivamente. Uno de los puntos de partida debe ser aprender a escuchar al otro y esto se construye y se organiza cada vez que tenemos reuniones, en los turnos de palabra, en el uso de los tiempos, en las oportunidades para que todos y todas puedan hablar, etc. Todos estos aspectos hay que cuidarlos y organizarlos.

En lo fundamental, apostar por la participación ciudadana no consiste en redactar reglamentos o en crear órganos en los que tengan cabida los ciudadanos, como no consiste en convocar más asambleas; al menos en primera instancia. Exige más bien apostar por nuevas formas de hacer y relacionarse con la ciudadanía que permitan trabajar conjuntamente a políticos, técnicos y ciudadanos en un clima de colaboración.

Como quiera que esto no es así, o al menos no suele ocurrir, deberemos todos aprender a hacerlo, educarnos, y, como ya hemos dicho, ese aprendizaje sólo puede darse en la práctica. No por sabido deja de ser importante recordar en este punto que ningún proceso educativo puede ser vivido como un sacrificio, como un castigo. Eso quizá valga para el adoctrinamiento, pero seguro que no vale para la educación. Un proceso educativo debe aportar recompensas en el plano directamente relacional. Es por esto que decimos a veces que participar tiene que ser también divertirse, pasárselo bien, estar a gusto, disfrutar de los momentos de relación.

Bases político-metodológicas para la participación.

Óscar Rebollo, Profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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